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Las primeras testigos: mujeres. En el sistema legal del siglo primero, su testimonio no era admisible ante un tribunal.
La primera persona individual en ver al Resucitado: María Magdalena. Una mujer de Galilea sanada de siete demonios. Probablemente la persona menos creíble socialmente de todo el grupo.
Luego, dos discípulos que volvían a casa, derrotados. Luego, los Once aterrados en una habitación cerrada. Luego, Tomás el escéptico. Luego, siete pescadores en Galilea. Luego, una multitud de quinientos hermanos. Luego, Jacobo, el hermano de Jesús que había crecido pensando que su hermano estaba loco. Luego, Pablo, el perseguidor profesional de la iglesia.
La resurrección se reveló desde los márgenes hacia el centro, comenzando por quienes nada contaban en los pasillos del poder.
Si la resurrección hubiera sido un movimiento político o una estrategia de propaganda, los primeros testigos habrían sido líderes religiosos respetables, autoridades romanas que pudieran legitimarla, fariseos con credibilidad institucional. La resurrección eligió, deliberadamente, lo contrario.
Comenzó con una mujer demasiado afligida para reconocer a quién estaba viendo. Siguió con dos caminantes derrotados. Alcanzó a un grupo de hombres escondidos por miedo. Y terminó, en cuarenta días, en una lista que Pablo podía verificar persona por persona.
El Reino del Resucitado entró en el mundo por las grietas del sistema social, allí donde el imperio menos vigilaba.
Y el primer nombre escrito en la cadena fue el de una mujer cuyo testimonio, según la ley de su tiempo, no valía nada ante un tribunal, y cuya palabra, según el Evangelio, valía más que la de cualquier juez.