Unos días después, siete discípulos regresaron a Galilea, a su tierra de origen, a su oficio de siempre. Pedro había dicho:
Voy a pescar.
Juan 21:3
Los demás lo siguieron. Pasaron toda la noche sin pescar nada. Al amanecer, vieron una figura en la orilla.
Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado.
Juan 21:13
Es el último desayuno registrado del Resucitado: siete discípulos alrededor del pescado, el pan y las brasas.
Después del desayuno tuvo lugar la conversación que restauró a Pedro. Tres preguntas, tres respuestas, tres encargos, que reflejan las tres negaciones de la noche anterior a la crucifixión.
Pero hay un detalle que se pierde en la mayoría de los sermones modernos sobre este pasaje. Juan registra que estos siete eran un grupo identificado por nombre: Simón Pedro, Tomás llamado Dídimo, Natanael de Caná, los hijos de Zebedeo (Jacobo y Juan), y otros dos discípulos.
Cada testigo de la resurrección, a esta altura, lleva un nombre propio en el texto, gente concreta con su oficio y su lugar de origen, nunca una figura anónima de fondo.
Así no se construye un mito: donde la leyenda se apoya en testigos vagos, el testimonio verdadero se sostiene sobre nombres.