Tomás había oído el relato de los Once. Y, fiel a su forma de pensar, no aceptó la noticia sin condiciones.
Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.
Juan 20:25
Las palabras de Tomás suelen citarse como ejemplo de incredulidad. Pero hay una manera más justa de leerlas. Tomás pide la misma evidencia que los otros diez ya habían recibido. Cuando Jesús se apareció a los Once la primera noche, les mostró sus manos y su costado. Tomás pide el mismo trato.
Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el mismo aposento alto. Esta vez Tomás estaba presente.
Y Jesús, sin esperar a que Tomás dijera nada, se dirigió a él directamente:
Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Juan 20:27
El texto no nos dice si Tomás llegó a tocarlo. Solo registra su respuesta:
¡Señor mío, y Dios mío!
Juan 20:28
Esa es la más alta confesión cristológica del Evangelio de Juan. Pronunciada por el discípulo más escéptico, ante las heridas todavía visibles del Resucitado.
Jesús respondió con una frase que apunta directamente a los futuros lectores del Evangelio:
Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
Juan 20:29