Esa misma tarde, dos discípulos caminaban desde Jerusalén hacia una aldea llamada Emaús, a unos once kilómetros al noroeste de la ciudad.
Uno se llamaba Cleofas. El otro no se nombra nunca en el texto; algunos comentaristas sugieren que era su esposa, otros que era el propio Lucas en una modesta alusión a sí mismo.
Hablaban de lo que había ocurrido en los últimos días. Y un caminante se les unió.
Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen.
Lucas 24:16
El verbo griego ekratounto sugiere una limitación venida de fuera más que una simple ceguera del cansancio: algo, o alguien, retenía su capacidad de reconocer.
Caminaron juntos once kilómetros. El desconocido les preguntó de qué hablaban. Ellos le explicaron lo que había ocurrido con Jesús de Nazaret, y cómo algunas mujeres habían informado esa mañana de un sepulcro vacío.
Y el desconocido, que era Jesús, comenzó a explicarles las Escrituras desde Moisés y todos los profetas, mostrándoles que el Mesías tenía que sufrir todo lo que había sufrido.
Cuando llegaron a Emaús, le rogaron que se quedara. Se sentaron a comer.
Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista.
Lucas 24:30–31
El gesto reveló al Maestro. Sus manos lo identificaron antes que su rostro.